
La incapacidad de prever las revueltas en el mundo árabe y la pésima reacción, tanto en la contundencia como en los tiempos de respuesta, de los países europeos ha vuelto a poner en entredicho el papel internacional de la UE. Mientras la UE sigue siendo incapaz de ofrecer un discurso unificado, en la cumbre internacional del pasado martes para tratar la campaña de Libia, el gobierno turco de Racep Erdogan se erigió como el gran mediador entre oriente y occidente. La pérdida de credibilidad de la UE y el creciente peso internacional de Turquía vuelve a poner sobre la mesa el eterno debate de la entrada de Turquía en el proyecto europeo en un momento en el que parece indispensable tender puentes con el mundo árabe.
En 1963 con el acuerdo de Ankara se inició el proceso de inclusión de Turquía en el proyecto europeo. Allí se empezaron a fijar los objetivos fundamentales de la asociación, como el refuerzo continuo y equilibrado de las relaciones comerciales y económicas y la instauración de una Unión Aduanera en tres fases. Un acuerdo para conformar una Unión Aduanera que debía permitir una libre circulación de personas aún pendiente. No fue hasta 2004 que no se oficializo la propuesta de entrada del país euroasiático en la UE y desde entonces, y gracias a los desaires de los países europeos, el interés turco por entrar en la Unión ha ido menguando paulatinamente.
Turquía cuenta con una gran influencia en el mundo árabe por su potencial económico y demográfico así como por su condición de país de mayoría musulmana, lo que lo convierte en un perfecto interlocutor para la UE. Además, hay que recordar que forma parte de la OTAN, por lo que ya compartimos una alianza militar. La herencia helenística y nuestra historia común lo convierten en un candidato excelente para su adhesión al proyecto europeo, pero su ingreso sigue contando con el rechazo de buena parte de la población europea y de algunos gobiernos, especialmente Francia y Alemania.
Por parte del gobierno francés, su principal requisito es que el gobierno turco admita el genocidio armenio y se reconozca, claro está, como responsable. A pesar de que Turquía ha reconocido a los muertos, se niega a utilizar la palabra genocidio, tal y como Francia tampoco aceptaría este término para calificar sus acciones durante su colonización africana.
Por parte de Alemania, la negativa a la entrada de los turcos en la Unión responde a dos motivos. El primero es la gran colonia turca residente en Alemania, lo que hace temer al país centroeuropeo un alud de inmigrantes si se permitiera la libre circulación de trabajadores. Pero quizás la principal objeción de los alemanes la encontramos en el peso demográfico de Turquía. El número de parlamentarios europeos y el voto ponderado en el Consejo de la UE depende de la población, y con casi 80 millones de habitantes Turquía se convertiría en el país con más peso de la Unión tras Alemania.
Existen otros problemas como el reconocimiento de Turquía de la República Turca del Norte de Chipre y las deficiencias en libertades del gobierno de Ankara, aunque parecen escollos superables. La UE ha reconocido mejoras substanciales en libertad de prensa, libertad religiosa y respeto a las minorías acontecidas estos últimos años en Turquía y no hay dudas de que es un país democrático. En el caso de Chipre aunque es un tema más complicado, un gesto europeo hacia la integración de Turquía en la UE podría acelerar la resolución del conflicto, condición indispensable para la entrada de Turquía a la UE y para normalizar la relación de los turcos con otros países de la UE como Grecia o Chipre.
Dejo para el final el principal motivo por el que la población no quiere el ingreso de Turquía en la Unión: son musulmanes. La hipocresía europea en cuanto a su laicidad y su libertad religiosa cae en la obscenidad cuando se habla del ingreso de Turquía en la Unión o al escuchar las exigencias conservadoras de remarcar el origen cristiano de Europa en cualquier texto jurídico de la UE.
El ingreso de Turquía en la UE sería positivo para Europa y para los turcos, quienes deben parte de su extraordinario crecimiento económico de estos últimos años a los acuerdos firmados con la Unión. El éxito turco, con un gobierno que podría ser la versión democristiana de los países musulmanes, podría servir de freno para tentativas islamistas en otros países de dicha confesión y su entrada en la UE podría acabar con el eterno enfrentamiento religioso entre cristianos y musulmanes.
Ciertamente el peso demográfico turco parece un escollo de difícil solución aunque una unión política real que dotase de mayor poder al Parlamento Europeo, con unas listas europeas y la creación de un ejecutivo común solucionaría este problema. En un mundo globalizado parece necesario dar otro paso más hacia la integración aunque sea a coste de ceder más soberanía, y en ese momento ya no existirán motivos para que Turquía no sea un país de pleno derecho de la UE. Aunque probablemente ninguno de nosotros este vivo para ver los Estados Unidos de Europa.